miércoles, 23 de noviembre de 2011

"ME PUEDO PONER CALCETINES"




"Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años". Abraham Lincoln.

Este post va dedicado a una amiga, a mi "hermanita", que se ha despedido de quienes la queremos y ha dejado un hueco lleno de tristeza y nostalgia, pero sobre todo de admiración,  esperanza y mucho amor. Va para ti, Zori. Espero que te guste. 

Zoraida padecía una enfermedad degenerativa, no muy conocida, y con el paso del tiempo las limitaciones físicas eran cada vez mayores, algo para lo que ella buscaba siempre una solución (donde quiera que la hubiese, ella la encontraba) y, además, era capaz de lucir una gran sonrisa de las suyas. Nunca la escuché quejarse.

Una tarde cualquiera, se presentó en casa sin avisar, con una bandeja de pastas de té en las manos. Mientras charlábamos, en un determinado momento comenzó a contarme cómo con un aparato que había comprado en internet podía abrir los frascos y cómo con otro se podía poner los calcetines (y lo que tardaba en hacerlo), porque ya no podía usar las manos como antes. Todo ello lo contaba mientras saboreaba su taza de Nesquik y una pastita, con mucha dignidad y entereza. Había encontrado la solución a un problema y no pasaba nada. En aquel momento, yo hacía que sonreía, pero en el fondo sentí muchísima vergüenza y deseé que me tragara la tierra (con taza de café en mano incluida). Ese día Zoraida, mi Zori, me dio una gran lección sin pretenderlo: los problemas están para resolverlos y no todos los problemas lo son realmente. No tengo palabras para describir aquel momento duro, emocionante, revelador y precioso, que siempre tendré presente y que hoy, tras su partida, quisiera honrar y compartir.

"Me puedo poner calcetines" se ha convertido para mí en una especie de mantra que actúa eficaz e inmediatamente cuando por inercia una queja aparece  en mis labios o se dibuja sutilmente en mi cabeza. Desde aquel día, mi capacidad de relativizar los sucesos desagradables y contratiempos que me acontecen ha aumentado sobremanera y trato de no permitirme quejarme por nimiedades, sandeces y cuestiones que tienen que ver únicamente con lo material o lo laboral, por ejemplo. Creo que no tengo derecho, considero que sería una falta de respeto hacia personas que, como Zoraida, vencen auténticos obstáculos y son capaces de vivir y disfrutar de la vida.


"Sólo los tontos se adaptan a la vida; los inteligentes tratan de adaptar la vida para ellos". George Bernard Shaw.


Creo que Zoraida fue feliz, "no se perdió una". Y eso me hace sentir muy bien. He sido testigo de cómo saboreaba la comida (así tuviera que hacer verdaderos malabarismos para llevársela a la boca), de las carcajadas que escapaban ante cualquier tontería que dijera alguien (una de sus muchas virtudes, sin duda, era su buen humor), del brillo de sus ojos, de su generosidad y del amor que transmitía y compartía. Alguien que es capaz de vivir la vida de esa manera, disfrutando de cada momento y compartiendo con los demás ese placer de vivir, pienso que debe ser feliz porque si no, no sé quién podrá serlo.

Una de las últimas ocasiones que recuerdo que me llamaron la atención, ocurrió en el hospital. Nos contaba alegremente que en la nevera tenía su queso preferido, su jamón cocido holandés y su pan untado con mantequilla, con eso parecía bastar para sonreír aquel día y no importaba lo demás (ni siquiera que ya no pudiera caminar o que no tuviera pelo).

¿El secreto de la felicidad? Según lo que he aprendido de ella: valorar el placer de lo sencillo, la dignidad y el amor. Zori de esas tres cuestiones andaba sobrada, por eso siento que se ha ido siendo feliz. 

Ante las situaciones límites algunas personas se crecen y se unen. Muchos son los que han echado una mano, pero he de reconocer la valía y la solidaridad de cinco mujeres ("El club de las cinco") que han estado ahí, cuidándola y mimándola en cada momento. Una vez más, tengo claro que lo que importa en la vida es el amor, venga de donde venga, venga de quien venga, porque si es auténtico es precioso y es lo único que consuela y alimenta el alma, el motor que hace mover al mundo.

Creo que a ella le gustaría que compartiera algo que me ha servido con otras personas y ése es mi propósito de hoy, además de expresar que ya la echo de menos y que me ha hecho mucho bien, que soy mejor persona gracias a ella y que ya nada será igual. Así que la próxima vez que te regodees en la frustración, el miedo o la tristeza, piensa en si te puedes poner los calcetines, usar algo para hacerlo o pedirle a alguien que lo haga por ti, porque lo que importa es tener los pies abrigados cuando hace frío, nada más.

Un último consejo: lo importante es el hoy, no sabemos con certeza si habrá un mañana. Permítete conocer todo lo que puedas a quienes te rodean y te hacen sentir bien. Si tienes preguntas, ¡hazlas!; si tienes besos o abrazos pendientes, ¡dalos con fuerza!; si existen palabras o frases sin pronunciar, ¡grítalas!... porque quizás un día, no se sabe cuándo, sea demasiado tarde para hacerlo. Aprovecha ahora que puedes.

Querida Zori, gracias por enseñarnos tanto, espero que dónde quiera que estés, haya calcetines de colores alegres y abrigaditos para las noches más frescas. Hasta siempre.

miércoles, 26 de octubre de 2011

SER RESILIENTES: FLOR DE LOTO, PERLA O MARIPOSA.

 
"Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad." 

Albert Einstein.

En época de crisis pueden surgir la depresión, la apatía, la ansiedad, la desesperanza, el miedo al futuro y la desmotivación. Pero algunas personas, no dispuestas a abandonarse y caer en la oscuridad profunda del victimismo, deciden plantar cara a sus circunstancias, por adversas que estas sean. No es casualidad que los chinos usen la misma palabra para crisis que para oportunidad. Y es que detrás de la adversidad y la pérdida se puede esconder una oportunidad de mejora y crecimiento personal. Esto nos puede ocurrir en cualquier ámbito de la vida. La crisis, entendida como cambio, va ligada a la propia existencia. ¿Alguien se plantea una vida sin cambios?

Actualmente, en el plano laboral, cada vez son más las personas que en lugar de quedarse esperando un trabajo que parece no llegar, se han aventurado y han decidido tomar con firmeza las riendas de su destino, desafiando el riesgo: han decidido convertirse en emprendedores, creando su propio trabajo, su propia empresa, su propia vida.



El post de hoy va dedicado a la resiliencia, un término que, si bien parece estar de moda en estos ásperos tiempos, aún es bastante desconocido. La palabrita en sí se las trae. Una evidente muestra de ello ha sido la cara que han puesto algunos cuando la he mencionado (como si hablara en chino), exactamente la misma que puse yo el día que la leí por primera vez. Sin embargo, el término fue introducido en el ámbito psicológico por el psiquiatra Michael Rutter alrededor de los años 70.

Originalmente, este concepto proviene de la física y hace referencia a la capacidad de un material para recuperar su forma tras ser sometido a elevadas presiones o  choques.

En Psicología, la resiliencia se define como la capacidad de afrontar la adversidad, sobreponerse al dolor emocional y a los traumas, saliendo fortalecido y alcanzando un resultado positivo. Cuando un individuo es capaz de afrontar un obstáculo y salir airoso e incluso reforzado, se dice que tiene una actitud resiliente. Se considera que las personas más resilientes tienen mayor equilibrio emocional y responden más positiva y eficazmente ante los estresores (circunstancias o fuentes de estrés), siendo más capaces de tolerar la presión.  En la actualidad este término pertenece a la psicología positiva, no encuadrándose en la psicología tradicional.

Suelo insistir en que la naturaleza es sabia y hoy voy a poner ejemplos de actitudes resilientes provenientes de ese mundo y que siempre han estado ahí, antes de que a alguien ingenioso se le ocurriese el término que estamos tratando. 

En primer lugar, la flor de Loto. Esta flor ha sido un símbolo fundamental para multitud de civilizaciones a lo largo de la historia de la Humanidad. Representa la belleza y la pureza que se elevan más allá de lo sucio y lo mundano. Esta hermosa flor emerge y se nutre del barro. Según la mitología griega, una diosa huyó a un bosque situado en un lugar llamado Loto, donde finalmente se hundió. Loto era el lugar destinado por los dioses para los fracasados y perdedores. La joven diosa luchó durante siglos y logró salir en forma de una bella y delicada flor, de largos pétalos. Por ello, para los griegos esta flor simbolizaba el triunfo después de haber luchado incansablemente en contra de la adversidad. Nunca vas a encontrar una flor de Loto en aguas limpias, cuanto más sucia esté el agua más preciosa será. Quizás esta flor prentenda enseñarnos, a través de su leyenda, que así debe ser nuestra vida: mientras más dificultades, obstáculos y decepciones encontremos en nuestro camino, más debemos esforzarnos y luchar por salir triunfantes, incluso más fortalecidos y convertidos en mejores personas.
Otro claro ejemplo de resiliencia que nos ofrece la naturaleza es la perla. El proceso de creación de una perla en una ostra sucede cuando un diminuto grano de arena invade su interior y la ostra segrega nácar, como mecanismo de respuesta ante la agresión. El resultado de dicho proceso es una auténtica joya. 

Resiliente también es el caso de la mariposa, un hermoso ser que emerge de la crisálida, que ha elaborado con esfuerzo, donde experimenta un complejo proceso de metamorfosis que le permite desprenderse de su forma primigenia: gusano.



La resiliencia significa que cada persona puede hacer mucho por influir en aquello que le sucede, para modificar su propio destino. Tenemos el control de nuestra vida, mucho más del que pensamos. Lo que ocurre es que es más fácil y rápido ponernos excusas, quedarnos en el "no puedo", "es muy difícil", trazando imposibles en el aire y sintiendo la calidez de la comodidad que reporta lo conocido. 

Dejemos de lado las excusas y pongámonos las pilas, esforcémonos por mejorar, aunque sea un poco, nuestra realidad. Tal vez no podamos hacer nada para evitar ciertas cosas que nos asalten en el camino, o para cambiar a los que nos rodean (todos tenemos el derecho a querer o no cambiar), pero sí que podemos elegir la forma en que interpretamos las circunstancias o estímulos, así como nuestro plan de respuesta para afrontarlos. Seamos flor de loto, perla o mariposa...

Algunas personas han experimentado cambios positivos en su estilo de vida tras vivir una situación límite y traumática (un accidente, una enfermedad grave, la pérdida de un ser querido, el abandono, etc.). Estas personas han llegado incluso a "agradecer", en cierta forma, eso desagradable que les ocurrió, porque les sirvió para valorar y darse cuenta de que estaban equivocados y que no llevaban la vida que querían, o que ni siquiera se sentían "vivos". Ojalá todos tuviéramos la capacidad de aprender esa gran lección sin necesidad de pasar por una situación tremebunda. 

La historia de Anna Frank y su diario, aquella jovencita judía que permaneció recluida  y oculta, durante más de dos años, en un habitáculo del Amsterdam ocupado por los nazis y por el horror que sembraron, es una lección de superación.


La gran artista mejicana Frida Khalo nos dejó un precioso legado de pasiones convertidas en trazos y color. Tras un grave accidente de tranvía, Frida acabó postrada en un cama y comenzó a pintar durante su dura convalecencia, porque prefirió expresar el dolor en arte antes que en lamento y desidia. Creó belleza a partir del sufrimiento.
  
¿Qué nos pasa? Nos quejamos por no tener, por lo que nos falta, teniendo mucho en realidad, más de lo que otras muchas personas podrían imaginar y desear. No nos damos cuenta de que quizás lo más importante ya lo tenemos. Algunos viven pendientes de las carencias, dando alas a la frustración, y no valoran lo que tienen a su alrededor (y que nadie les habrá regalado, sino que será resultado de su propia lucha y esfuerzo). Esperando la gran ola, nos perdemos el encanto de las pequeñas. Anhelando la gran felicidad, la FELICIDAD, no nos percatamos de los momentos felices que encierran las pequeñas cosas de la vida, la cotidianeidad. Quizás la felicidad se escribe con letras minúsculas. 

Para finalizar, le propongo un ejercicio: anote (no vale sólo pensarlo) todas aquellas cosas por las que se sienta agradecido/a, todo lo positivo que haya en su vida, incluso en su cuerpo. Se sorprenderá con la cantidad de cosas positivas que contendrá esa lista (si le dedica tiempo y la hace a conciencia) y por las que podría sonreír. 

La resiliencia es una capacidad y, por tanto, nunca es tarde para ponerla en práctica. 

jueves, 20 de octubre de 2011

CUESTION DE DERECHOS


 "El derecho es el conjunto de condiciones que permiten a la libertad de cada uno acomodarse a la libertad de todos." Immanuel Kant.

Existen una serie de supuestos tradicionales sobre “lo que se espera de una persona”. Sin embargo, igualmente existen una serie de derechos personales a los que nos podemos aferrar en determinadas circunstancias si lo consideramos oportuno, ante personas o situaciones que agredan o atenten a nuestro bienestar.  ¡Tenemos derecho a tener estos derechos! Pero hemos de ser conscientes de que los demás también los tienen y que pueden hacer uso de ellos. Son los llamados “derechos asertivos”, aquellos que se basan en la asertividad.

La asertividad es la conducta que permite que una persona actúe según sus intereses más importantes, defenderse sin ansiedad inapropiada, expresar cómodamente sentimientos y pensamientos honestos y ejercer los derechos personales sin negar los derechos de los demás.

Veamos estos supuestos y derechos:
  • Tradicionalmente, se entiende que ser egoísta es anteponer las necesidades propias a las de los otros, pero a veces uno ha de ser el primero.
  • Es vergonzoso cometer errores, pero se tiene derecho a cometer errores.
  • Si no puedes convencer a las otras personas de que tus sentimientos son razonables, es probable que estés equivocado, pero tienes derecho a ser el último juez de tus sentimientos, aceptarlos como válidos y a no justificarte delante de los otros.
  • Hay que respetar el punto de vista de los otros, especialmente si tienen algún cargo de autoridad, pero tienes derecho a tener tus propias opiniones y tus convicciones.
  • Hay que intentar ser siempre lógico y consecuente pero tienes derecho a cambiar de línea, opinión o acción.
  • Hay que ser flexible y adaptarse pero se tiene derecho a la crítica, a protestar por un trato injusto y a decir no.
  • Nunca has de interrumpir a las personas, pero tienes derecho a interrumpir y pedir explicaciones.
  • Las cosas podrían ser peores pero tienes derecho a intentar un cambio.
  • No se ha de perder el precioso tiempo de los otros con los problemas de uno/a pero tienes derecho a pedir ayuda y soporte emocional.
  • Cuando alguno se molesta en darte un consejo, es mejor hacerle caso porque acostumbra a tener razón, pero tienes derecho a ignorar el consejo de los otros.
  • La satisfacción de saber que se ha hecho un trabajo bien hecho es la mejor recompensa, pero tienes derecho a recibir un reconocimiento formal por el trabajo bien hecho.
  • No se ha de ser antisocial, si dices que te gusta estar solo/a las otras personas pensarán que no te gustan, pero tienes derecho a estar solo aunque los demás quieran estar contigo.
  • Cuando alguien tiene un problema hay que ayudarlo, pero tienes derecho a no responsabilizarte de los problemas de los otros.
  • Se ha de ser sensible a las necesidades y deseos de las otras personas aunque no sepan demostrarlos, pero tienes derecho a no anticiparte a las necesidades y derechos de los otros.
  • Es una buena política intentar ver siempre el lado bueno de la gente, pero tienes derecho a no estar pendiente de la buena voluntad de los otros.
  • No está bien quitarte a la gente de encima, si alguien te hace una pregunta, hay que darle una respuesta, pero tienes derecho a responder o no.
 Quizás no estemos acostumbrados a reconocerlos y hacer uso de estos derechos, porque pensamos erróneamente que si lo hacemos nos convertiremos en seres egoístas y peores personas. Respetarse a uno mismo es compatible con respetar a los demás. Si uno no está bien consigo mismo, ¿cómo va a estarlo con los otros? No olvides que la persona más importante de tu vida eres TÚ. ¡Respétate y respeta!


sábado, 27 de agosto de 2011

El miedo que nos paraliza

 
"El Grito", de Edvard Much



“El valor no es la ausencia de miedo, es la conquista de este”.


El miedo es una emoción, y como tal posee una función adaptativa, que nos ha permitido sobrevivir como especie a lo largo de la historia. En sí mismo, no es más que eso, un arma protectora que nos permite ser cautos en la vida. El problema surge cuando este sentimiento no nos protege ni nos permite adaptarnos al mundo, sino que nos limita y perturba, nos hace infelices. No hablo de las fobias que se recogen en los manuales de Psicología (ese sería otro tema a tratar), hablo simplemente del miedo como barrera autoimpuesta: el miedo per se.

Aún no deja de sorprenderme lo infelices que pueden llegar a ser algunas personas por miedo. Algunas temen el conflicto, otras temen recibir un no por respuesta, otras tienen miedo al posible rechazo o que les dejen de querer, a la soledad, a la muerte, al dolor propio o ajeno, al qué dirán o pensarán, al compromiso, etc. La colección es inagotable.


Algunas personas prefieren vivir paralizadas o bloqueadas, acurrucadas en una esquina de sus vidas viendo las oportunidades pasar de largo sin ni siquiera saludar, sin percatarse de que ellas están ahí, temblorosas y pálidas. Y es que la vida no espera por nadie, continúa fluyendo sin parar… Todo momento es único e irrepetible, fugaz. Si no aprovechamos ese momento, por miedo, siempre será tarde.

Es curioso, no se suele temer a despotricar de los demás, a tirarse los trastos a la cabeza, a ignorarse e incluso a dedicarse alguna “lindeza”. Y sin embargo, algunos temen decir “te quiero” o “perdóname”, o simplemente “me equivoqué”, “te he echado de menos”, “gracias”…
Por miedo, muchas personas han renunciado al amor, a un trabajo, a una experiencia maravillosa, a vivir su propia vida. El temor a veces nos convierte en nuestros propios verdugos y carceleros.

Pero, ¿de quién es la responsabilidad?: absoluta y estrictamente nuestra. Suelo decir que los miedos están para plantarles cara y superarlos. Depende sólo de nosotros.

  
Temores inventados

Cuando era un niño y veía alguna película de terror, después me pasaba la noche en vela mirando debajo de la cama o dentro del armario para comprobar si había alguien (o  algo), y aunque veía que sólo había oscuridad (y alguna pelusilla que otra) seguía asustado y sin poder conciliar el sueño (reconozco que alguna vez recurrí a la calidez protectora de la cama de mis padres, barrera infalible contra los monstruos, fantasmas y brujas).  Una escena bastante típica de los niños. 
 
Algunos adultos, en ocasiones, asumen un comportamiento parecido al descrito, sólo que con otro formato. Me explico: no tienen  ninguna evidencia para pensar que eso que temen necesariamente va a ocurrir y, sin embargo, siguen teniendo miedo y se quedan bloqueados o paralizados sin poder actuar, decidir, arriesgarse, saltar o tomar las riendas de su vida. Realmente no hay nada (ni nadie) ahí y actuamos (o no actuamos) como si lo hubiese. Ese tipo de miedos no están debajo de la cama, en el armario, en el desván o detrás de la cortina de la ducha (lugares emblemáticos que albergaban el miedo según el género del terror), sino que se alojan en nuestra mente. 


Asustemos a nuestros miedos

Para vencer nuestros miedos, el primer paso es identificarlos y reflexionar. ¿A qué temo? ¿Cuál es mi miedo? ¿Por qué temo eso? ¿Eso que pienso necesariamente tiene que ocurrir?, ¿qué evidencia tengo de ello?... Y, además,  analizar las consecuencias que implica ese miedo o barrera en tu vida: ¿cuánto me afecta honestamente este miedo? ¿Me está impidiendo desarrollarme o crecer como persona en algún sentido?, ¿cómo me sentiría y qué haría si no tuviera ese temor?, etc.

Una vez identificado y analizado, podemos confesarlo, compartirlo con los demás, recabar información y contrastarla. Así el miedo comienza a empequeñecer y a perder poder sobre nosotros. Quizás nos sorprenda que nuestro miedo lo tienen o han tenido personas de nuestro entorno, o descubramos que a alguien le asusta algo que para nosotros es inocuo y viceversa, pues el miedo es relativo y subjetivo. Resulta fundamental revisar nuestras creencias en torno al miedo, así como nuestra motivación para superarlo. Si fuera necesario, podemos consultar a un profesional.

  
El miedo: nuestro peor miedo

Probablemente nuestro peor miedo es el propio miedo. Si no entendemos su origen, su función en la vida, si no lo desenmascaramos o le quitamos la sábana no veremos lo que verdaderamente es: un sentimiento natural e inevitable, positivo en su justa medida, y que nos permite aprender y emprender. A los miedos dediquémosle un gran “Buuuuuuuuu!”.

Comparto con ustedes un enlace de un vídeo que sin duda alguna expresa mejor que mis palabras lo que hay que hacer con esos miedos que no nos permiten ser más libres y felices. 


domingo, 24 de julio de 2011

Honestidad con uno mismo


"Las mentiras hijo mío, se conocen en seguida, porque las hay de dos clases: las mentiras que tienen las piernas cortas, y las que tienen la nariz larga. Las tuyas, por lo visto, son de las que tienen la nariz larga". Las aventuras de Pinocho, escrito por Carlo Collodi.

Hablemos de honestidad. Ser honesto es ser real, auténtico, genuino, coherente con nuestros principios, valores, creencias y sentimientos, acorde con la evidencia que presenta el mundo y sus diversos fenómenos y elementos. La honestidad expresa respeto hacia sí mismo y hacia los otros, que, al igual que nosotros, "son como son" y no existe razón alguna para esconderlo, negarlo o minimizarlo. Esta actitud siembra confianza en uno mismo y en aquellos que estén en contacto con la persona honesta.

Podemos confundir ser honestos con ser sinceros o francos. La sinceridad y la franqueza están asociadas con la capacidad de decir la verdad, no mentir, no manipular información y no omitir con intencionalidad algo que pudiera ser relevante para alguien. Ser honesto, en mi opinión, guarda relación con el SER, con el conocimiento de uno mismo, con ese mirar hacia adentro y NO ASUSTARSE.

La honestidad también se relaciona con el comportamiento noble y altruista. Cuando se es honesto, uno se comporta de forma "legal", correcta, justa, inofensiva y desinteresada con los demás.

Espejito, espejito mágico...

Enfrentarse al espejo (literal y metafórico) a veces nos causa temor porque no siempre nos muestra un retrato amable de nosotros mismos. El espejo nos devuelve fielmente el certero reflejo de lo que exponemos ante él, mostrándonos no sólo lo bonito y virtuoso que hay en nosotros, sino también las heridas, cicatrices, arrugas, dobleces, manchas y hasta los pecados (del cuerpo y del espíritu). Somos todo eso, el conjunto, el todo que resulta de la suma de las distintas partes.


¿Quién soy?

Ante esta simple pregunta algunos podríamos quedarnos bloqueados, estupefactos y titubeantes: "¿Quién soy yo?". Piénsalo. ¿Quién eres?... Quizás, si permaneces durante unos minutos en silencio, tu Pepito Grillo interior (la subconciencia hecha conciencia) te dé alguna pista.

La respuesta a esta pregunta, para muchos letal, hace referencia precisamente a  la honestidad  de  la  que hablo. En ocasiones, dicha respuesta puede estar enfocada en el TENGO (un trabajo, hijos, pareja, éxito social, dinero, etc.) y otras en el HAGO ("hago muy bien de comer", "sé hacer muchas cosas", "se me dan las tareas de bricolaje", etc.). Ambos aspectos son importantes, pero no suficientes. Si obviamos el "tengo" y el "hago" sólo nos queda el SOY. Este tercer aspecto constituye  aquello que verdaderamente nos pertenece, lo auténtico e irrepetible; no tiene que ver con la materia ni con hechos o aficiones, sino con nuestra esencia. A veces nos centramos en tener y acumular, en hacer y deshacer, y olvidamos ese gran tesoro que sólo nos pertenece a nosotros y que nos otorga nuestra identidad más pura: el SER. Metafóricamente hablando, la honestidad con uno mismo sería una especie de auto-abrazo que engloba esos tres elementos de la autoestima y el autoconcepto: tener-hacer-ser.
 
 
Nos pasamos la vida tratando de conocer y entender a los otros (algunos hasta creen pensar y sentir por los demás), y en medio de ese esfuerzo y desgaste olvidamos que los primeros y grandes desconocidos para nosotros probablemente seamos NOSOTROS mismos. Ser honestos consiste en conocernos y reconocernos, saber quienes somos (no necesitamos saber de dónde venimos ni a dónde vamos, ni tampoco qué hacemos aquí), qué queremos y qué sentimos. Identificar y potenciar nuestras cualidades positivas (nuestro valor añadido) y aceptar, o intentar cambiar si fuera posible, aquellas cualidades que no nos agraden tanto. Mostrarnos "como somos en realidad" nos convierte en seres coherentes y consecuentes con lo que decimos, pensamos, sentimos y hacemos. Esto se logra,  precisamente, a través del conocimiento y aceptación de las propias virtudes y limitaciones.
 
 
¿Qué vida estás viviendo?, ¿la tuya propia?... Hay quienes llevan una vida forzada o fingida, no permitiéndose ser quienes verdaderamente son, quizás por miedo, por cobardía, comodidad, simple ignorancia o determinadas dificultades que perciban insalvables. Esas personas son más bien personajes, porque al fin y al cabo se han dado la espalda a ellos mismos, se han negado la oportunidad de VIVIR y han tomado las riendas de una existencia (no vida) que se ajusta a un rol, a un papel, un guión determinado. Algunas personas deciden vivir por y para los demás y no por y para sí mismas.
 
 
La persona honesta se muestra tal y como es, no trata de aparentar. Esa transparencia le confiere un hermoso atractivo. La congruencia que mantiene respecto a los pensamientos, palabras, sentimientos y acciones, hace que se proyecten de manera real a los demás, sin dar lugar a la duda que se desliga de la contradicción.

Ser honestos: libertad de ser


Ser honesto es ser libre. Quien se permite sentir, pensar, actuar y ser de acuerdo a su verdadera esencia, no albergará conflictos internos, no sufrirá la tensión del pulso entre  las pulsiones o deseos más íntimos y la falsa moral del auto-engaño. Cuando nos permitimos ser, respiramos y fluimos. Mentirnos es vivir encarcelados en lo más alto de la represión y por mucho que esperemos difícilmente acudirán a nuestro rescate. Ser interiormente de una forma y exteriormente de otra, ocasiona daño y conflictos, a uno mismo y a los demás.
  
Tenemos toda una vida para conocernos y "abrazarnos". Y aunque muy probablemente nunca lleguemos al 100 % de ese auto-conocimiento (desvelado por completo ese misterio, el juego tal vez no tendría tanta gracia y encanto), merece la pena intentarlo.

"La conquista de sí mismo es la mayor de las victorias." Platón









jueves, 21 de julio de 2011

Comunicación eficaz: la asertividad



La asertividad es una cuestión de dignidad y defensa de los derechos personales.

Ser asertivos es sinónimo de certeza, seguridad y firmeza.


Las habilidades sociales incluyen lo que se denomina la conducta asertiva, que consiste en “la conducta que permite que una persona actúe según sus intereses más importantes, defenderse sin ansiedad inadecuada o innecesaria, expresar cómodamente sentimientos, pensamientos y opiniones de forma honesta y ejercer los derechos personales sin negar los derechos de los demás”. A través de la conducta asertiva o asertividad se expresan los gustos e intereses de forma natural y espontánea, se habla sin rodeos y sin sentirse cohibido o alterado en exceso, se aceptan cumplidos sin sentirse incómodo, se discrepa abiertamente sin herir ni molestar, se piden aclaraciones sin notarse sobreexcitado  y sin percibir al otro como un enemigos, y se puede decir sí o no tranquilamente, según convenga.

La asertividad se puede definir como la habilidad personal para encontrar las palabras adecuadas que permitan decir las cosas en el momento preciso y de la forma correcta. Consiste, pues, en saber defender nuestros derechos sin atentar contra los derechos de los demás. Es una herramienta muy útil para mejorar nuestras relaciones interpersonales y constituye, junto con la empatía y la escucha activa (de las que ya hemos hablado en anteriores posts), uno de los pilares sobre los que descansa la comunicación eficaz.

Las personas asertivas poseen la habilidad de escuchar activamente, de manifestar de forma clara, contundente y educada sus puntos de vista y de proponer alternativas inteligentes a los demás, contribuyendo a la resolución de conflictos y a la mejora de las relaciones interpersonales. Son personas que saben pedir, decir no y negociar en múltiples situaciones sociales y, además, son personas flexibles a la hora de conseguir aquello que se proponen, porque respetan los derechos de los demás y son capaces de tolerar la posible frustración que les generen las quejas o críticas que se les haga y los obstáculos a los que tengan que enfrentarse.

No se nace siendo asertivo. El estilo de comunicación que tengamos será el resultado de la interacción de múltiples factores (educación recibida, entorno, experiencias de la vida, etc.), es decir que se aprende. La asertividad es una destreza, podemos aprender a ser asertivos en nuestras relaciones y en las diferentes áreas vitales.  Adquirir y potenciar esta habilidad requiere de un esfuerzo y constancia diarios: es un trabajo personal.

Cuando aprendemos a ser asertivos, rápidamente descubrimos los beneficios que nos reporta en el día a día. Aumenta el respeto hacia nosotros mismos, reforzando nuestra autoconfianza, y mejora nuestra "posición social", asegurándonos una aceptación y respeto reales por parte de quienes nos rodean. Y es que la asertividad tiene mucho que ver con el respeto a uno mismo, con la honestidad. Cuando decimos "sí" en lugar de decir "no", de algún modo nos estamos faltando el respeto y estamos "falseando" la realidad ante el otro. Si nos mostramos como alguien excesivamente complaciente , muy probablemente seremos presa de personas que pretendan aprovecharse de nuestra docilidad. Por el contrario, si tendemos a mostrarnos como alguien defensivo y malhumorado, los otros tenderán a percibirnos como una persona non grata y se alejarán.

La conducta asertiva no impide que tengamos conflictos, pero sí que los minimiza y nos permite manejarlos eficazmente si surgen.

Una persona puede tener un estilo agresivo en su trabajo pero luego ser pasivo o sumiso en casa respecto a su pareja, o viceversa. Es importante trabajar la conducta asertiva en general, en todas las áreas, haciendo especial hincapié en aquellas en las que más dificultades tengamos.

Quizás la razón principal por la que las personas no somos o dejamos de ser asertivas, sea el pensar que no tenemos derecho a tener nuestras propias creencias, opiniones, sentimientos y valores. A eso se suma el miedo al posible rechazo de los demás o al posible conflicto. En este sentido, el entrenamiento asertivo consiste en enseñar a las personas a defender sus derechos ante situaciones que puedan ser injustas o que puedan vulnerar sus derechos personales. Derribando esas falsas creencias o “solucionando” esos sentimientos de infravaloración y de temor al rechazo, a caer mal o a los conflictos que se pueden generar, podremos practicar y reforzar esta habilidad terapéutica y disfrutar de sus beneficios.

En conclusión:

La asertividad es la libertad de expresarse sin hacer daño a los demás y sin hacérnoslo a nosotros mismos. Las personas que practican la conducta asertiva son personas mucho más seguras de sí mismas, con mejor autoconcepto y una autoestima sana, se comunican mejor, disfrutan de mayor tranquilidad y se manejan más eficazmente en las relaciones y ante los conflictos interpersonales, son más honestas y directas. Nos permite decir sí o decir no, expresar nuestros intereses, opiniones, rebelar nuestros sentimientos a los otros, expresar desacuerdos sin dejarnos manipular y sin manipular nosotros a los demás.

La conducta asertiva no presenta desventaja alguna y sí grandes beneficios. Es una característica de la personalidad que promueve una autoestima sana, y contribuye al desarrollo de relaciones interpersonales positivas.

martes, 12 de julio de 2011

Comunicación eficaz: la empatía

¿Qué es la empatía?
La empatía nos permite establecer vínculos más sólidos y positivos con los demás. Se define como la capacidad para reconocer y comprender los sentimientos, ideas, conductas y actitudes de los demás y entender las circunstancias que les pueden afectar en situaciones concretas
  • Es una destreza básica de la comunicación interpersonal.
  • Permite un entendimiento adecuado entre dos o más personas.
  • Es fundamental para captar e interpretar adecuadamente el mensaje del emisor y así entablar un diálogo.
  • Una habilidad que nos permite entender no sólo las palabras del otro, sino también sus sentimientos, generando simpatía, comprensión y ternura.
  • Es el rasgo que caracteriza a las relaciones interpersonales o sociales exitosas.
Comúnmente, la empatía se define como la capacidad de “ponerse en el lugar del otro” o "ponerse los zapatos del otro". Estas definiciones populares pueden prestarse a confusión, ya que puenden darnos a entender que empatizar con alguien es imaginarnos qué haríamos, pensaríamos o sentiríamos en su lugar ante eso que le ocurre y esto no sería empatizar. Se trata de, a través del conocimiento del otro, suponer o inferir que ante determinadas circunstancias pueda reaccionar, interpretar o emocionarse de la manera en la que sólo él o ella puede o sabe hacer. El lugar del otro sólo tiene un dueño y no somos nosotros: es la otra persona.

La empatía no es otra cosa que “la habilidad para estar conscientes de reconocer, comprender y apreciar los sentimientos de los demás". En otras palabras, ser empático es ser capaz de “leer” emocionalmente a las personas.

Todos poseemos una visión particular de las cosas y en ocasiones tendemos a interpretar las conductas de los demás desde nuestra perspectiva, sin molestarnos en averiguar qué es lo que motiva a una persona a comportarse de alguna manera. Detras de las "malas intenciones" del otro, simplemente puede haber ignorancia, descuido, despiste, etc. Tendemos a extraer conclusiones precipitadas, exageradas y poco objetivas sobre los comportamientos de los demás. Es aquí donde la empatía cobra importancia, dotándonos de la capacidad para entender que los demás actúan de una determinada forma porque han considerado que era lo correcto, o simplemente por error o falta de información, y no necesariamente por mala fe. 

Desarrollar la empatía significa proponernos pensar más en los demás, estar más pendientes de ellos y prestar más atención a detalles que a priori nos puedan parecer poco relevantes, pero que pueden ser importantes para alguien. En la medida en que conozcamos mejor a las personas, nos resultará más fácil identificar sus estados de ánimo y entender las circunstancias que los provocan, así como su forma de reaccionar ante las diversas situaciones.

¿Para qué sirve? ¿Por qué interesa potenciar esta habilidad?
Se trata, sin duda alguna, de una habilidad que bien empleada, facilita el entendimiento, el manejo y el progreso de todo tipo de relación interpersonal. La empatía viene a ser como una conciencia social, a través de la que se pueden apreciar las emociones y las necesidades de los demás, dando pie al respeto, la sensibilidad, el compromiso y el afecto entre dos o más personas.
Las personas que poseen esta destreza destacan por su capacidad para escuchar (activamente) a los demás y por ser "observadores" de las señales no verbales y de los estados afectivos de quienes les rodean. Esto contribuye a mejorar la calidad de las relaciones interpersonales en todas las áreas vitales, con todos los beneficios que ello supone. 
En el ámbito profesional, la empatía favorece y aumenta el respeto entre las personas, mejorando el ambiente de trabajo y, consecuentemente, la motivación y el rendimiento o productividad. Es una habilidad imprescindible para aquellos que lideren un grupo o trabajen en equipo.
Las personas consideradas como “no empáticas” o que pueden tener dificultades para empatizar con los demás serán poco hábiles en el reconocimiento de los sentimientos, derechos y necesidades de los demás. Estas personas  padecerían de “sordera emocional”. La falta del oído emocional nos conduce a ser torpes, socialmente hablando, y nos lleva a interpretar erróneamente los sentimientos ajenos o manifestar una actitud distante, fría o indiferente que aniquila la posible afinidad.

Para conectar con los demás no sólo debemos fijarnos o registrar los mensajes verbales manifiestos (palabras) sino también los mensajes que se desprenden del lenguaje no verbal o corporal. El cuerpo transmite mucha más información que la boca. Este otro tipo de lenguaje estaría constituido, entre otros elementos, por el tono e intensidad de la voz, la postura, la mirada, los gestos e incluso el silencio.

No podemos leer las mentes, pero sí podemos aprender a leer la manera en que el cuerpo se expresa. Si no existe una coherencia entre lo expresado verbalmente y lo no verbal, nos encontramos ante una clara contradicción, indicándonos que la persona no está siendo honesta con nosotros  o consigo misma. P. Ej. Decir que estamos tranquilos cuando no paramos de movernos, estamos sudorosos, nos tiembla la voz y presentamos rigidez y tensión muscular.

El tener empatía no significa estar de acuerdo o compartir la realidad o el punto de vista del otro. No consiste en dar la espalda a nuestros valores y convicciones y asumir los del otro, sino de entender, no juzgar y respetarlos. Se puede ser empático con alguien y sin embargo estar totalmente en desacuerdo con él o ella, aceptando como legítimo su punto de vista.

No podemos aplicar fórmulas matemáticas en nuestras relaciones personales, porque lo que funciona con alguien determinado no sirve con otra persona, o lo que sirve en un momento dado puede no hacerlo en otro aún tratándose del mismo individuo. La fórmula magistral para tener éxito en las relaciones con los demás es la empatía.

Pautas para mostrarnos empáticos con los demás:
- Tener la intención y voluntad de comprender por qué los demás actúan de una manera determinada.  
- Mirar a la persona a los ojos y, si la ocasión lo permite, intentar sonreír de manera natural. Ambas señales permiten crear un clima de confianza.
- Practica la escucha activa. Muestra interés, pon atención y facilita que la persona se exprese.
- Ponte en su lugar, sé neutro/a y objetivo/a. No juzgar, "condenar" o etiquetar al otro.
- Identifica sus sentimientos. Presta atención a las señales no verbales o corporales presentes, que nos proporcionarán información valiosa que las palabras no dan.
- Obtén toda la información necesaria por parte de la otra persona para poder elaborar una opinión y asegurarnos de haber entendido correctamente el mensaje. Para ello es recomendable hacer preguntas abiertas, que favorecen la conversación, y clarificar las posibles dudas.
- Comunícale al emisor que le has entendido, que has captado su mensaje y también cómo se siente. Asentir verbal o gestualmente y resumir lo más importante puede ser una buena forma de conseguir que se sienta no sólo escuchado sino también comprendido y apoyado.
- Evita los ánimos o los consejos prematuros (espera a que los demás te pidan lo que necesitan: no te adelantes).
- Si has de dar tu opinión, intenta ser constructivo/a y cuidar las formas. Cuidando nuestro lenguaje se minimiza la posibilidad de dañar a los demás, aunque no estemos de acuerdo con ellos.
- Evitar demostraciones de aburrimiento, prisa o cansancio. Si no es el momento idóneo, es preferible comunicarlo tranquila y amablemente, tratando de aplazar la conversación, que atender al otro forzadamente y de mala gana.
- Reforzar positivamente al otro. Terminar la conversación con un tono positivo (P. Ej., "Me gusta charlar contigo", "ha sido muy agradable", etc.).

En conclusión:
La empatía es un valor útil en cualquier ámbito de nuestra vida, que permite el desarrollo y enriquecimiento de las relaciones interpersonales, además de contribuir a potenciar otras capacidades como el respeto, la comprensión, la confianza, la motivación y la comunicación eficaz y positiva.
En ocasiones, se requiere (y merece la pena) un esfuerzo especial o "extra" por no dejarnos llevar por nuestro estado de ánimo, las prisas o el estrés que supone el afrontar las múltiples exigencias del día a día y prestar atención a quienes nos rodean. La empatía supone el acto generoso de salir de uno mismo (y dejar de mirarnos el ombligo durante un instante) y ser capaces de ponernos “en el lugar del otro”.
“Las tres cuartas partes de las miserias y malos entendidos en el mundo terminarían si las personas se pusieran en los zapatos de sus adversarios y entendieran su punto de vista”.
Mahatma Gandhi

miércoles, 6 de julio de 2011

¿Cómo convencer a alguien para visitar a un/a psicólogo/a?


"El pesar oculto, como un horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo en cenizas."
W. SHAKESPEARE.

"Yo no necesito un psicólogo", "yo no estoy loco", "los psicólogos no sirven para nada", "ya tengo a mis amigos para hablar y es gratis", etc., son las típicas respuestas que se reciben por parte de alguien reacio a consultar a un profesional de la Psicología cuando una persona cercana intenta convencerles en pro de acudir a consulta. Estas personas se muestran defensivas y se niegan a dejarse ayudar porque suelen tener una imagen errónea de los/as psicólogos/as.

Ir al psicólogo ha estado envuelto en prejuicios o ideas negativas relacionadas con la locura, la inferioridad o la incapacidad para resolver los problemas. Cualquier persona puede necesitar la ayuda de un profesional de la Psicología y solicitar orientación respecto a un determinado problema, al igual que se requiere asesoramiento legal, económico o médico por parte de los profesionales de dichas áreas. Por suerte, actualmente estos prejuicios se están venciendo y el psicólogo está contemplado como cualquier otro profesional de la salud.

"¿Cómo le convenzo para ir?", "¿debo obligarle?"... Es una duda frecuente que, ante tantas negativas recibidas, se convierte en preocupación, frustración, rabia e impotencia, ansiedad e incluso puede acabar en rechazo a la persona que necesita la ayuda.

Engañar a la persona no es una buena opción.  Presentarse en la consulta de un profesional habiendo sido engañado puede ser muy desagradable para todos los implicados y podría reafirmar la postura negativa inicial de la persona. La persona debe estar informada. Su compromiso será básico a la hora de establecer una correcta alianza terapéutica con el profesional. Sin dicho compromiso, la mejoría difícilmente sería posible.

Pautas a la hora de convencer a la persona:

- Buscar el lugar y el momento adecuados para abordar el tema. Conversar tranquilamente, mostrando comprensión y cariño. Tratar de hacer entender a la persona lo importante que resulta pedir ayuda y los beneficios que ello podría suponer no sólo para sí misma sino también para los demás. En ocasiones, nos preocupamos más por el daño que nuestras conductas y actitudes provocan en los demás y no tanto en aquel que nos generamos a nosotros mismos. Es importante conseguir que la persona empatice con nosotros, que se ponga en nuestro lugar. Para empatizar, es preciso mencionar cómo nos sentimos ante lo que está sucediendo ("me preocupas...", "me duele ver que...", "me siento impotente cuando te veo así...", etc.). En definitiva, la persona debe de asumir que la ayuda que reciba no sólo le favorecerá a sí misma, sino que también mejorará su relación con las demás personas significativas e influirá positivamente en las diferentes áreas principales de la vida (familiar, académica, laboral, etc.).

- No condenar al otro: no insultar, descalificar o etiquetar a la persona. Hablaremos en todo momento de conductas y actitudes, siendo justos, concretos y neutros, sin entrar a valorar a la persona en su globalidad. Evitaremos frases tales como "eres un desastre", "eres mala persona", "eres un tremendo egoísta", etc. En lugar de esto, trataremos de ponerle delante conductas, actitudes y hábitos que consideramos negativos o desadaptativos para la persona y quienes le rodean y estiman. No es aconsejable ni siquiera recurrir a comentarios denigrantes u ofensivos con la intención de "impactar o retar al otro". Nuestro objetivo es motivar y no hacer daño.

- Aprovechar los momentos en los que la persona pueda sentirse mal y reconocer que tiene un problema. En ese momento, tendremos más capacidad de persuasión. Es importante ser rápidos si la ocasión se da y concertar una cita con la mayor brevedad posible. Si dejamos que el tiempo pase, la persona volverá a sentirse falsamente segura o tranquila y retomará la actitud defensiva y negativa ante la posible ayuda.

- Charlar haciéndole ver que acudir a un psicólogo no tiene nada que ver con estar loco o con ser inferior o débil. Simplemente se trata de una persona formada y capaz de ayudarle y orientarle en cuanto a la solución de un determinado problema. El/la psicólogo/a plantea diferentes alternativas o fórmulas, en ningún momento juzga, manipula o coarta la libertad del otro.

- Centrarnos en el primer paso. Nuestro objetivo inicial sólo debe ser conseguir que esa persona acuda a una primera cita (no plantearnos ni siquiera una terapia al uso, un tratamiento, determinados números de sesiones, etc.). Si a alguien con dificultades para asumir ayuda se le presenta un camino demasiado largo, lo más probable es que rechace la posibilidad.

- Hacerle ver que no pierde nada por acudir la primera vez. Si el profesional no es de su agrado se podría buscar otro.

- Quizás tengamos que insistir y tener este tipo de conversación varias veces. La persona necesitará un tiempo y reflexionar sobre ello. No debemos presionar o agobiar, pero sí podemos insistir, siempre optando por el lugar y momento adecuados. 

- Ofrecerle la posibilidad de acompañarle o respetarle si su deseo es ir solo/a.

- Si el problema es grave y perjudica seriamente a otros, podemos optar por recurrir a la vía legal (denunciar la situación) o poner un ultimátum a la persona si esta no parece querer cambiar (ruptura de la relación de pareja, pérdida de un trabajo, decirle que se vaya de casa, etc.). Estamos hablando, por ejemplo, de casos como la violencia física o psicológica, el abuso, robos y/o conductas que afecten de manera relevante a la convivencia o a la integridad de terceros. 

En definitiva:

- Mostrar paciencia y comprensión.

- No presionar.

- Hacerle ver los posibles beneficios.

- Establecer y fomentar la empatía, hablándole de nuestros sentimientos.

- No descalificar, hablar de conductas concretas y no de la persona en su globalidad.

- Aprovechar los momentos "bajos".

- Identificar aquello que verdaderamente le importe a la persona.

- Un/a psicólogo/a no sólo trata a personas con problemas mentales serios o trastornos, sino también a personas que simplemente presentan un problema determinado que les afecta, personas que quieren superar ciertas dificultades, conocerse y mejorar su calidad de vida, aprender nuevas estrategias para solucionar sus conflictos, etc.

- No se le dirá lo que tiene que hacer sino lo que podría hacer (se ofrecen alternativas no se exige un cambio ni se pretende controlar o cambiar a alguien).

- La propia persona es la única responsable de sí misma y de sus actos, será la que tomará las decisiones en todo momento.