domingo, 24 de julio de 2011

Honestidad con uno mismo


"Las mentiras hijo mío, se conocen en seguida, porque las hay de dos clases: las mentiras que tienen las piernas cortas, y las que tienen la nariz larga. Las tuyas, por lo visto, son de las que tienen la nariz larga". Las aventuras de Pinocho, escrito por Carlo Collodi.

Hablemos de honestidad. Ser honesto es ser real, auténtico, genuino, coherente con nuestros principios, valores, creencias y sentimientos, acorde con la evidencia que presenta el mundo y sus diversos fenómenos y elementos. La honestidad expresa respeto hacia sí mismo y hacia los otros, que, al igual que nosotros, "son como son" y no existe razón alguna para esconderlo, negarlo o minimizarlo. Esta actitud siembra confianza en uno mismo y en aquellos que estén en contacto con la persona honesta.

Podemos confundir ser honestos con ser sinceros o francos. La sinceridad y la franqueza están asociadas con la capacidad de decir la verdad, no mentir, no manipular información y no omitir con intencionalidad algo que pudiera ser relevante para alguien. Ser honesto, en mi opinión, guarda relación con el SER, con el conocimiento de uno mismo, con ese mirar hacia adentro y NO ASUSTARSE.

La honestidad también se relaciona con el comportamiento noble y altruista. Cuando se es honesto, uno se comporta de forma "legal", correcta, justa, inofensiva y desinteresada con los demás.

Espejito, espejito mágico...

Enfrentarse al espejo (literal y metafórico) a veces nos causa temor porque no siempre nos muestra un retrato amable de nosotros mismos. El espejo nos devuelve fielmente el certero reflejo de lo que exponemos ante él, mostrándonos no sólo lo bonito y virtuoso que hay en nosotros, sino también las heridas, cicatrices, arrugas, dobleces, manchas y hasta los pecados (del cuerpo y del espíritu). Somos todo eso, el conjunto, el todo que resulta de la suma de las distintas partes.


¿Quién soy?

Ante esta simple pregunta algunos podríamos quedarnos bloqueados, estupefactos y titubeantes: "¿Quién soy yo?". Piénsalo. ¿Quién eres?... Quizás, si permaneces durante unos minutos en silencio, tu Pepito Grillo interior (la subconciencia hecha conciencia) te dé alguna pista.

La respuesta a esta pregunta, para muchos letal, hace referencia precisamente a  la honestidad  de  la  que hablo. En ocasiones, dicha respuesta puede estar enfocada en el TENGO (un trabajo, hijos, pareja, éxito social, dinero, etc.) y otras en el HAGO ("hago muy bien de comer", "sé hacer muchas cosas", "se me dan las tareas de bricolaje", etc.). Ambos aspectos son importantes, pero no suficientes. Si obviamos el "tengo" y el "hago" sólo nos queda el SOY. Este tercer aspecto constituye  aquello que verdaderamente nos pertenece, lo auténtico e irrepetible; no tiene que ver con la materia ni con hechos o aficiones, sino con nuestra esencia. A veces nos centramos en tener y acumular, en hacer y deshacer, y olvidamos ese gran tesoro que sólo nos pertenece a nosotros y que nos otorga nuestra identidad más pura: el SER. Metafóricamente hablando, la honestidad con uno mismo sería una especie de auto-abrazo que engloba esos tres elementos de la autoestima y el autoconcepto: tener-hacer-ser.
 
 
Nos pasamos la vida tratando de conocer y entender a los otros (algunos hasta creen pensar y sentir por los demás), y en medio de ese esfuerzo y desgaste olvidamos que los primeros y grandes desconocidos para nosotros probablemente seamos NOSOTROS mismos. Ser honestos consiste en conocernos y reconocernos, saber quienes somos (no necesitamos saber de dónde venimos ni a dónde vamos, ni tampoco qué hacemos aquí), qué queremos y qué sentimos. Identificar y potenciar nuestras cualidades positivas (nuestro valor añadido) y aceptar, o intentar cambiar si fuera posible, aquellas cualidades que no nos agraden tanto. Mostrarnos "como somos en realidad" nos convierte en seres coherentes y consecuentes con lo que decimos, pensamos, sentimos y hacemos. Esto se logra,  precisamente, a través del conocimiento y aceptación de las propias virtudes y limitaciones.
 
 
¿Qué vida estás viviendo?, ¿la tuya propia?... Hay quienes llevan una vida forzada o fingida, no permitiéndose ser quienes verdaderamente son, quizás por miedo, por cobardía, comodidad, simple ignorancia o determinadas dificultades que perciban insalvables. Esas personas son más bien personajes, porque al fin y al cabo se han dado la espalda a ellos mismos, se han negado la oportunidad de VIVIR y han tomado las riendas de una existencia (no vida) que se ajusta a un rol, a un papel, un guión determinado. Algunas personas deciden vivir por y para los demás y no por y para sí mismas.
 
 
La persona honesta se muestra tal y como es, no trata de aparentar. Esa transparencia le confiere un hermoso atractivo. La congruencia que mantiene respecto a los pensamientos, palabras, sentimientos y acciones, hace que se proyecten de manera real a los demás, sin dar lugar a la duda que se desliga de la contradicción.

Ser honestos: libertad de ser


Ser honesto es ser libre. Quien se permite sentir, pensar, actuar y ser de acuerdo a su verdadera esencia, no albergará conflictos internos, no sufrirá la tensión del pulso entre  las pulsiones o deseos más íntimos y la falsa moral del auto-engaño. Cuando nos permitimos ser, respiramos y fluimos. Mentirnos es vivir encarcelados en lo más alto de la represión y por mucho que esperemos difícilmente acudirán a nuestro rescate. Ser interiormente de una forma y exteriormente de otra, ocasiona daño y conflictos, a uno mismo y a los demás.
  
Tenemos toda una vida para conocernos y "abrazarnos". Y aunque muy probablemente nunca lleguemos al 100 % de ese auto-conocimiento (desvelado por completo ese misterio, el juego tal vez no tendría tanta gracia y encanto), merece la pena intentarlo.

"La conquista de sí mismo es la mayor de las victorias." Platón









jueves, 21 de julio de 2011

Comunicación eficaz: la asertividad



La asertividad es una cuestión de dignidad y defensa de los derechos personales.

Ser asertivos es sinónimo de certeza, seguridad y firmeza.


Las habilidades sociales incluyen lo que se denomina la conducta asertiva, que consiste en “la conducta que permite que una persona actúe según sus intereses más importantes, defenderse sin ansiedad inadecuada o innecesaria, expresar cómodamente sentimientos, pensamientos y opiniones de forma honesta y ejercer los derechos personales sin negar los derechos de los demás”. A través de la conducta asertiva o asertividad se expresan los gustos e intereses de forma natural y espontánea, se habla sin rodeos y sin sentirse cohibido o alterado en exceso, se aceptan cumplidos sin sentirse incómodo, se discrepa abiertamente sin herir ni molestar, se piden aclaraciones sin notarse sobreexcitado  y sin percibir al otro como un enemigos, y se puede decir sí o no tranquilamente, según convenga.

La asertividad se puede definir como la habilidad personal para encontrar las palabras adecuadas que permitan decir las cosas en el momento preciso y de la forma correcta. Consiste, pues, en saber defender nuestros derechos sin atentar contra los derechos de los demás. Es una herramienta muy útil para mejorar nuestras relaciones interpersonales y constituye, junto con la empatía y la escucha activa (de las que ya hemos hablado en anteriores posts), uno de los pilares sobre los que descansa la comunicación eficaz.

Las personas asertivas poseen la habilidad de escuchar activamente, de manifestar de forma clara, contundente y educada sus puntos de vista y de proponer alternativas inteligentes a los demás, contribuyendo a la resolución de conflictos y a la mejora de las relaciones interpersonales. Son personas que saben pedir, decir no y negociar en múltiples situaciones sociales y, además, son personas flexibles a la hora de conseguir aquello que se proponen, porque respetan los derechos de los demás y son capaces de tolerar la posible frustración que les generen las quejas o críticas que se les haga y los obstáculos a los que tengan que enfrentarse.

No se nace siendo asertivo. El estilo de comunicación que tengamos será el resultado de la interacción de múltiples factores (educación recibida, entorno, experiencias de la vida, etc.), es decir que se aprende. La asertividad es una destreza, podemos aprender a ser asertivos en nuestras relaciones y en las diferentes áreas vitales.  Adquirir y potenciar esta habilidad requiere de un esfuerzo y constancia diarios: es un trabajo personal.

Cuando aprendemos a ser asertivos, rápidamente descubrimos los beneficios que nos reporta en el día a día. Aumenta el respeto hacia nosotros mismos, reforzando nuestra autoconfianza, y mejora nuestra "posición social", asegurándonos una aceptación y respeto reales por parte de quienes nos rodean. Y es que la asertividad tiene mucho que ver con el respeto a uno mismo, con la honestidad. Cuando decimos "sí" en lugar de decir "no", de algún modo nos estamos faltando el respeto y estamos "falseando" la realidad ante el otro. Si nos mostramos como alguien excesivamente complaciente , muy probablemente seremos presa de personas que pretendan aprovecharse de nuestra docilidad. Por el contrario, si tendemos a mostrarnos como alguien defensivo y malhumorado, los otros tenderán a percibirnos como una persona non grata y se alejarán.

La conducta asertiva no impide que tengamos conflictos, pero sí que los minimiza y nos permite manejarlos eficazmente si surgen.

Una persona puede tener un estilo agresivo en su trabajo pero luego ser pasivo o sumiso en casa respecto a su pareja, o viceversa. Es importante trabajar la conducta asertiva en general, en todas las áreas, haciendo especial hincapié en aquellas en las que más dificultades tengamos.

Quizás la razón principal por la que las personas no somos o dejamos de ser asertivas, sea el pensar que no tenemos derecho a tener nuestras propias creencias, opiniones, sentimientos y valores. A eso se suma el miedo al posible rechazo de los demás o al posible conflicto. En este sentido, el entrenamiento asertivo consiste en enseñar a las personas a defender sus derechos ante situaciones que puedan ser injustas o que puedan vulnerar sus derechos personales. Derribando esas falsas creencias o “solucionando” esos sentimientos de infravaloración y de temor al rechazo, a caer mal o a los conflictos que se pueden generar, podremos practicar y reforzar esta habilidad terapéutica y disfrutar de sus beneficios.

En conclusión:

La asertividad es la libertad de expresarse sin hacer daño a los demás y sin hacérnoslo a nosotros mismos. Las personas que practican la conducta asertiva son personas mucho más seguras de sí mismas, con mejor autoconcepto y una autoestima sana, se comunican mejor, disfrutan de mayor tranquilidad y se manejan más eficazmente en las relaciones y ante los conflictos interpersonales, son más honestas y directas. Nos permite decir sí o decir no, expresar nuestros intereses, opiniones, rebelar nuestros sentimientos a los otros, expresar desacuerdos sin dejarnos manipular y sin manipular nosotros a los demás.

La conducta asertiva no presenta desventaja alguna y sí grandes beneficios. Es una característica de la personalidad que promueve una autoestima sana, y contribuye al desarrollo de relaciones interpersonales positivas.

martes, 12 de julio de 2011

Comunicación eficaz: la empatía

¿Qué es la empatía?
La empatía nos permite establecer vínculos más sólidos y positivos con los demás. Se define como la capacidad para reconocer y comprender los sentimientos, ideas, conductas y actitudes de los demás y entender las circunstancias que les pueden afectar en situaciones concretas
  • Es una destreza básica de la comunicación interpersonal.
  • Permite un entendimiento adecuado entre dos o más personas.
  • Es fundamental para captar e interpretar adecuadamente el mensaje del emisor y así entablar un diálogo.
  • Una habilidad que nos permite entender no sólo las palabras del otro, sino también sus sentimientos, generando simpatía, comprensión y ternura.
  • Es el rasgo que caracteriza a las relaciones interpersonales o sociales exitosas.
Comúnmente, la empatía se define como la capacidad de “ponerse en el lugar del otro” o "ponerse los zapatos del otro". Estas definiciones populares pueden prestarse a confusión, ya que puenden darnos a entender que empatizar con alguien es imaginarnos qué haríamos, pensaríamos o sentiríamos en su lugar ante eso que le ocurre y esto no sería empatizar. Se trata de, a través del conocimiento del otro, suponer o inferir que ante determinadas circunstancias pueda reaccionar, interpretar o emocionarse de la manera en la que sólo él o ella puede o sabe hacer. El lugar del otro sólo tiene un dueño y no somos nosotros: es la otra persona.

La empatía no es otra cosa que “la habilidad para estar conscientes de reconocer, comprender y apreciar los sentimientos de los demás". En otras palabras, ser empático es ser capaz de “leer” emocionalmente a las personas.

Todos poseemos una visión particular de las cosas y en ocasiones tendemos a interpretar las conductas de los demás desde nuestra perspectiva, sin molestarnos en averiguar qué es lo que motiva a una persona a comportarse de alguna manera. Detras de las "malas intenciones" del otro, simplemente puede haber ignorancia, descuido, despiste, etc. Tendemos a extraer conclusiones precipitadas, exageradas y poco objetivas sobre los comportamientos de los demás. Es aquí donde la empatía cobra importancia, dotándonos de la capacidad para entender que los demás actúan de una determinada forma porque han considerado que era lo correcto, o simplemente por error o falta de información, y no necesariamente por mala fe. 

Desarrollar la empatía significa proponernos pensar más en los demás, estar más pendientes de ellos y prestar más atención a detalles que a priori nos puedan parecer poco relevantes, pero que pueden ser importantes para alguien. En la medida en que conozcamos mejor a las personas, nos resultará más fácil identificar sus estados de ánimo y entender las circunstancias que los provocan, así como su forma de reaccionar ante las diversas situaciones.

¿Para qué sirve? ¿Por qué interesa potenciar esta habilidad?
Se trata, sin duda alguna, de una habilidad que bien empleada, facilita el entendimiento, el manejo y el progreso de todo tipo de relación interpersonal. La empatía viene a ser como una conciencia social, a través de la que se pueden apreciar las emociones y las necesidades de los demás, dando pie al respeto, la sensibilidad, el compromiso y el afecto entre dos o más personas.
Las personas que poseen esta destreza destacan por su capacidad para escuchar (activamente) a los demás y por ser "observadores" de las señales no verbales y de los estados afectivos de quienes les rodean. Esto contribuye a mejorar la calidad de las relaciones interpersonales en todas las áreas vitales, con todos los beneficios que ello supone. 
En el ámbito profesional, la empatía favorece y aumenta el respeto entre las personas, mejorando el ambiente de trabajo y, consecuentemente, la motivación y el rendimiento o productividad. Es una habilidad imprescindible para aquellos que lideren un grupo o trabajen en equipo.
Las personas consideradas como “no empáticas” o que pueden tener dificultades para empatizar con los demás serán poco hábiles en el reconocimiento de los sentimientos, derechos y necesidades de los demás. Estas personas  padecerían de “sordera emocional”. La falta del oído emocional nos conduce a ser torpes, socialmente hablando, y nos lleva a interpretar erróneamente los sentimientos ajenos o manifestar una actitud distante, fría o indiferente que aniquila la posible afinidad.

Para conectar con los demás no sólo debemos fijarnos o registrar los mensajes verbales manifiestos (palabras) sino también los mensajes que se desprenden del lenguaje no verbal o corporal. El cuerpo transmite mucha más información que la boca. Este otro tipo de lenguaje estaría constituido, entre otros elementos, por el tono e intensidad de la voz, la postura, la mirada, los gestos e incluso el silencio.

No podemos leer las mentes, pero sí podemos aprender a leer la manera en que el cuerpo se expresa. Si no existe una coherencia entre lo expresado verbalmente y lo no verbal, nos encontramos ante una clara contradicción, indicándonos que la persona no está siendo honesta con nosotros  o consigo misma. P. Ej. Decir que estamos tranquilos cuando no paramos de movernos, estamos sudorosos, nos tiembla la voz y presentamos rigidez y tensión muscular.

El tener empatía no significa estar de acuerdo o compartir la realidad o el punto de vista del otro. No consiste en dar la espalda a nuestros valores y convicciones y asumir los del otro, sino de entender, no juzgar y respetarlos. Se puede ser empático con alguien y sin embargo estar totalmente en desacuerdo con él o ella, aceptando como legítimo su punto de vista.

No podemos aplicar fórmulas matemáticas en nuestras relaciones personales, porque lo que funciona con alguien determinado no sirve con otra persona, o lo que sirve en un momento dado puede no hacerlo en otro aún tratándose del mismo individuo. La fórmula magistral para tener éxito en las relaciones con los demás es la empatía.

Pautas para mostrarnos empáticos con los demás:
- Tener la intención y voluntad de comprender por qué los demás actúan de una manera determinada.  
- Mirar a la persona a los ojos y, si la ocasión lo permite, intentar sonreír de manera natural. Ambas señales permiten crear un clima de confianza.
- Practica la escucha activa. Muestra interés, pon atención y facilita que la persona se exprese.
- Ponte en su lugar, sé neutro/a y objetivo/a. No juzgar, "condenar" o etiquetar al otro.
- Identifica sus sentimientos. Presta atención a las señales no verbales o corporales presentes, que nos proporcionarán información valiosa que las palabras no dan.
- Obtén toda la información necesaria por parte de la otra persona para poder elaborar una opinión y asegurarnos de haber entendido correctamente el mensaje. Para ello es recomendable hacer preguntas abiertas, que favorecen la conversación, y clarificar las posibles dudas.
- Comunícale al emisor que le has entendido, que has captado su mensaje y también cómo se siente. Asentir verbal o gestualmente y resumir lo más importante puede ser una buena forma de conseguir que se sienta no sólo escuchado sino también comprendido y apoyado.
- Evita los ánimos o los consejos prematuros (espera a que los demás te pidan lo que necesitan: no te adelantes).
- Si has de dar tu opinión, intenta ser constructivo/a y cuidar las formas. Cuidando nuestro lenguaje se minimiza la posibilidad de dañar a los demás, aunque no estemos de acuerdo con ellos.
- Evitar demostraciones de aburrimiento, prisa o cansancio. Si no es el momento idóneo, es preferible comunicarlo tranquila y amablemente, tratando de aplazar la conversación, que atender al otro forzadamente y de mala gana.
- Reforzar positivamente al otro. Terminar la conversación con un tono positivo (P. Ej., "Me gusta charlar contigo", "ha sido muy agradable", etc.).

En conclusión:
La empatía es un valor útil en cualquier ámbito de nuestra vida, que permite el desarrollo y enriquecimiento de las relaciones interpersonales, además de contribuir a potenciar otras capacidades como el respeto, la comprensión, la confianza, la motivación y la comunicación eficaz y positiva.
En ocasiones, se requiere (y merece la pena) un esfuerzo especial o "extra" por no dejarnos llevar por nuestro estado de ánimo, las prisas o el estrés que supone el afrontar las múltiples exigencias del día a día y prestar atención a quienes nos rodean. La empatía supone el acto generoso de salir de uno mismo (y dejar de mirarnos el ombligo durante un instante) y ser capaces de ponernos “en el lugar del otro”.
“Las tres cuartas partes de las miserias y malos entendidos en el mundo terminarían si las personas se pusieran en los zapatos de sus adversarios y entendieran su punto de vista”.
Mahatma Gandhi

miércoles, 6 de julio de 2011

¿Cómo convencer a alguien para visitar a un/a psicólogo/a?


"El pesar oculto, como un horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo en cenizas."
W. SHAKESPEARE.

"Yo no necesito un psicólogo", "yo no estoy loco", "los psicólogos no sirven para nada", "ya tengo a mis amigos para hablar y es gratis", etc., son las típicas respuestas que se reciben por parte de alguien reacio a consultar a un profesional de la Psicología cuando una persona cercana intenta convencerles en pro de acudir a consulta. Estas personas se muestran defensivas y se niegan a dejarse ayudar porque suelen tener una imagen errónea de los/as psicólogos/as.

Ir al psicólogo ha estado envuelto en prejuicios o ideas negativas relacionadas con la locura, la inferioridad o la incapacidad para resolver los problemas. Cualquier persona puede necesitar la ayuda de un profesional de la Psicología y solicitar orientación respecto a un determinado problema, al igual que se requiere asesoramiento legal, económico o médico por parte de los profesionales de dichas áreas. Por suerte, actualmente estos prejuicios se están venciendo y el psicólogo está contemplado como cualquier otro profesional de la salud.

"¿Cómo le convenzo para ir?", "¿debo obligarle?"... Es una duda frecuente que, ante tantas negativas recibidas, se convierte en preocupación, frustración, rabia e impotencia, ansiedad e incluso puede acabar en rechazo a la persona que necesita la ayuda.

Engañar a la persona no es una buena opción.  Presentarse en la consulta de un profesional habiendo sido engañado puede ser muy desagradable para todos los implicados y podría reafirmar la postura negativa inicial de la persona. La persona debe estar informada. Su compromiso será básico a la hora de establecer una correcta alianza terapéutica con el profesional. Sin dicho compromiso, la mejoría difícilmente sería posible.

Pautas a la hora de convencer a la persona:

- Buscar el lugar y el momento adecuados para abordar el tema. Conversar tranquilamente, mostrando comprensión y cariño. Tratar de hacer entender a la persona lo importante que resulta pedir ayuda y los beneficios que ello podría suponer no sólo para sí misma sino también para los demás. En ocasiones, nos preocupamos más por el daño que nuestras conductas y actitudes provocan en los demás y no tanto en aquel que nos generamos a nosotros mismos. Es importante conseguir que la persona empatice con nosotros, que se ponga en nuestro lugar. Para empatizar, es preciso mencionar cómo nos sentimos ante lo que está sucediendo ("me preocupas...", "me duele ver que...", "me siento impotente cuando te veo así...", etc.). En definitiva, la persona debe de asumir que la ayuda que reciba no sólo le favorecerá a sí misma, sino que también mejorará su relación con las demás personas significativas e influirá positivamente en las diferentes áreas principales de la vida (familiar, académica, laboral, etc.).

- No condenar al otro: no insultar, descalificar o etiquetar a la persona. Hablaremos en todo momento de conductas y actitudes, siendo justos, concretos y neutros, sin entrar a valorar a la persona en su globalidad. Evitaremos frases tales como "eres un desastre", "eres mala persona", "eres un tremendo egoísta", etc. En lugar de esto, trataremos de ponerle delante conductas, actitudes y hábitos que consideramos negativos o desadaptativos para la persona y quienes le rodean y estiman. No es aconsejable ni siquiera recurrir a comentarios denigrantes u ofensivos con la intención de "impactar o retar al otro". Nuestro objetivo es motivar y no hacer daño.

- Aprovechar los momentos en los que la persona pueda sentirse mal y reconocer que tiene un problema. En ese momento, tendremos más capacidad de persuasión. Es importante ser rápidos si la ocasión se da y concertar una cita con la mayor brevedad posible. Si dejamos que el tiempo pase, la persona volverá a sentirse falsamente segura o tranquila y retomará la actitud defensiva y negativa ante la posible ayuda.

- Charlar haciéndole ver que acudir a un psicólogo no tiene nada que ver con estar loco o con ser inferior o débil. Simplemente se trata de una persona formada y capaz de ayudarle y orientarle en cuanto a la solución de un determinado problema. El/la psicólogo/a plantea diferentes alternativas o fórmulas, en ningún momento juzga, manipula o coarta la libertad del otro.

- Centrarnos en el primer paso. Nuestro objetivo inicial sólo debe ser conseguir que esa persona acuda a una primera cita (no plantearnos ni siquiera una terapia al uso, un tratamiento, determinados números de sesiones, etc.). Si a alguien con dificultades para asumir ayuda se le presenta un camino demasiado largo, lo más probable es que rechace la posibilidad.

- Hacerle ver que no pierde nada por acudir la primera vez. Si el profesional no es de su agrado se podría buscar otro.

- Quizás tengamos que insistir y tener este tipo de conversación varias veces. La persona necesitará un tiempo y reflexionar sobre ello. No debemos presionar o agobiar, pero sí podemos insistir, siempre optando por el lugar y momento adecuados. 

- Ofrecerle la posibilidad de acompañarle o respetarle si su deseo es ir solo/a.

- Si el problema es grave y perjudica seriamente a otros, podemos optar por recurrir a la vía legal (denunciar la situación) o poner un ultimátum a la persona si esta no parece querer cambiar (ruptura de la relación de pareja, pérdida de un trabajo, decirle que se vaya de casa, etc.). Estamos hablando, por ejemplo, de casos como la violencia física o psicológica, el abuso, robos y/o conductas que afecten de manera relevante a la convivencia o a la integridad de terceros. 

En definitiva:

- Mostrar paciencia y comprensión.

- No presionar.

- Hacerle ver los posibles beneficios.

- Establecer y fomentar la empatía, hablándole de nuestros sentimientos.

- No descalificar, hablar de conductas concretas y no de la persona en su globalidad.

- Aprovechar los momentos "bajos".

- Identificar aquello que verdaderamente le importe a la persona.

- Un/a psicólogo/a no sólo trata a personas con problemas mentales serios o trastornos, sino también a personas que simplemente presentan un problema determinado que les afecta, personas que quieren superar ciertas dificultades, conocerse y mejorar su calidad de vida, aprender nuevas estrategias para solucionar sus conflictos, etc.

- No se le dirá lo que tiene que hacer sino lo que podría hacer (se ofrecen alternativas no se exige un cambio ni se pretende controlar o cambiar a alguien).

- La propia persona es la única responsable de sí misma y de sus actos, será la que tomará las decisiones en todo momento.






viernes, 1 de julio de 2011

Comunicación eficaz: la escucha activa



Saber escuchar es uno de los principios más importantes y complejos del proceso comunicativo. Actualmente, estamos expuestos a un sinfín de estímulos, provenientes de diversas fuentes, y puede resultar complicado tratar de afrontar las diferentes exigencias del entorno. Todo esto puede mermar la comunicación y, en concreto, puede afectar a la forma de atender y escuchar a los demás.

Uno de los motivos más frecuentes de los problemas de comunicación interpersonal es precisamente que no escuchamos adecuadamente a los demás (y en algunos casos, directamente ignoramos al otro). Algunas personas están más pendientes de las propias emisiones, y esta "necesidad" propia de comunicar hace que se pierda la esencia de la comunicación, es decir, poner en común, compartir con los demás.

Podemos pensar equivocadamente que se escucha prácticamente de forma automática, pero esto no es así. Escuchar requiere un esfuerzo superior al que se hace al hablar y también del que se ejerce al escuchar sin interpretar lo que se oye. La escucha activa significa escuchar y entender la comunicación desde el punto de vista del que habla.

Oír no es lo mismo que escuchar

Existen grandes diferencias: oír consiste simplemente en percibir vibraciones de sonido, mientras que escuchar supone entender, comprender o dar sentido (interpretar) a lo que se oye. La escucha activa se refiere a la habilidad de escuchar no sólo lo que la persona está expresando directamente, sino también los sentimientos, ideas o pensamientos e intenciones que subyacen a lo que se está expresando. Para llegar a entender a alguien se precisa asimismo cierta empatía, es decir, la capacidad de ponerse en el lugar de la otra persona, de leer lo que siente.

La escucha activa es una manera de escuchar con atención lo que la otra persona nos transmite con el objetivo de intentar comprenderla. La información vertida no será sólo verbal sino que también será no verbal y afectiva.

Expresamos más con el cuerpo (gestos, mirada, postura, etc.) que con la boca. Además, la información verbal está más sujeta a nuestro control. La información no verbal o corporal, en cambio, es más difícil de controlar, no es tan consciente. Debemos prestar atención al conjunto (lenguaje verbal y no verbal), así como a los sentimientos que se desprendan de ambos tipos de información (información afectiva o emocional).

Por tanto, en la escucha activa, resulta fundamental hacerle ver a la otra persona que hemos entendido no únicamente lo que nos ha dicho sino también lo que siente. El hecho de captar y comprender los sentimientos de nuestro interlocutor no significa que estemos de acuerdo con lo que dice o piensa.


Proceso de la escucha activa

1. El emisor emite un mensaje.

2. El receptor escucha con esfuerzo físico y mental.

3. El receptor debe concentrarse en el otro, comprender el mensaje, resumir los puntos importantes y, finalmente, confirmar el mensaje.

Si el receptor lleva a cabo los pasos 2 y 3, se producirá la escucha activa y el mensaje recibido será fidedigno, pero si se omite alguno de dichos pasos la información recibida estará sujeta a distosiones y el receptor no habrá escuchado adecuadamente.


Elementos facilitadores y técnicas de la escucha activa


- Disposición positiva e interés: mostrar interés y favorecer que la otra persona hable. Transmitirle a la persona que la estamos escuchando. ¿Cómo? A través de señales de escucha verbales (empleando sonidos confirmatorios tales como "ajá", "ya", "umm", "uh", etc.) y no verbales (asentir, mirar a los ojos, postura orientada y relajada, proximidad física y, si tenemos confianza con esa persona, el contacto físico ligero).

- Clarificar la información recibida: aclarar lo que ha dicho, obtener más información a través de preguntas. Las preguntas abiertas van a fomentar más el diálogo ("¿qué piensas de...?, "¿qué sentiste cuando...?", etc.).

- Parafrasear: es una manera de comunicarle a la otra persona que la hemos escuchado. Se trata de repetir con nuestras palabras lo que la otra persona nos ha dicho. Por ejemplo: "si lo he entendido bien, lo que me estas diciendo es...". El parafraseo no debe expresar nuestro punto de vista sino el de la otra persona, pero sí empleamos nuestro lenguaje.

- Reflejar: mostrar a la otra persona que entendemos lo que siente. Esta técnica permite reflejar los sentimientos de la persona que habla. Por ejemplo: "entiendo que te sintieras triste", "entonces, ¿esto te enfadó?", "¿te dolió cuando te dije eso?, etc.

- Resumir: centrar el tema destacando las ideas principales de lo que la otra persona nos ha explicado.

- Mostrar empatía. Escuchar activamente las emociones de los demás consiste en tratar de "meternos en su piel" y entender sus motivos. Se trata de escuchar sus sentimientos y hacerle saber que "nos hacemos cargo", intentar entender lo que siente esa persona. No se trata de mostrar alegría, si siquiera de ser simpáticos o de dar ánimos y consejos. Simplemente, expresar que somos capaces de ponernos en su lugar. Sin embargo, empatizar no significa aceptar ni estar de acuerdo con la posición del otro. Para demostrar esa actitud usaremos frases como: “entiendo lo que sientes”, “noto que...”, "imagino lo que habrás pasado", etc.

- Emitir palabras de refuerzo positivo o cumplidos. Pueden definirse como verbalizaciones que suponen un halago para la otra persona o refuerzan su discurso al transmitir que uno aprueba, está de acuerdo o comprende lo que acaba de decir. Algunos ejemplos serían: "esto es muy divertido"; "me encanta hablar contigo" o "me gusta esa actitud".


Elementos que dificultan la escucha activa:
- Distraerse con otras tareas o ante otros estímulos. Algo que puede resultar muy fácil en determinados momentos. Podemos tratar de combatir esta tendencia haciendo un especial esfuerzo por mantenernos activos e interesados con objeto de que no decaiga nuestra atención. Si nos encontramos demasiado cansados o incómodos y los esfuerzos resultan infructuosos, es preferible comunicarlo y posponer la conversación. En este sentido, es importante tener en cuenta el lugar y momento elegidos para mantener el diálogo.


- Interrumpir innecesariamente al que habla. Incluso, algunas personas acaban las frases del otro o se adelantan a los acontecimientos, pisando y cortado a la persona que desea ser escuchada en ese momento.


- Cambiar de tema. Desviar el tema de la conversación a otros temas o aspectos que ajenos e independientes al tema principal elegido por nuestro interlocutor.


- Juzgar al otro, condenarle o sentenciarle, etiquetarlo por lo que nos cuenta. Por ejemplo: "Eres un/a egoísta", "eso es de mala persona", "eres un ingenuo/a", etc.


- Ofrecer ayuda o soluciones prematuras. En ocasiones actuamos como una máquina de dar consejos, gratuitos y fáciles, sin habérnoslo solicitado la otra persona.


- Comparar. Salvo que el otro pregunte si conocemos algún caso o hemos tenido personalmente una experiencia similar, no tenemos que compararle con otros (las comparaciones son odiosas).


- Caer en los ánimos fáciles. En ocasiones eso puede sentar peor al otro, que quizás sólo pretendía ser escuchado y comprendido, nada más.


- Rechazar o restar importancia (minimizar o infravalorar) lo que el otro esté sintiendo o lo que le ocurre. Por ejemplo: "no te preocupes, eso no es nada", "no es para tanto", etc.


- Contar "nuestra historia" cuando el otro necesita hablarnos, es decir "robarle el turno" o monopolizar la conversación y acabar hablando de nosotros mismos (las personas con tendencia al egocentrismo o impulsivas pueden cometer este error con facilidad).


- Contraargumentar. Por ejemplo: el otro dice "me siento mal" y respondemos "y yo también", "yo estoy peor", "qué me vas a contar que yo no sepa", etc.


- El llamado "síndrome del experto" (o de la persona "vivida y experimentada"): tener a priori las respuestas al problema que plantea la otra persona, antes incluso de que haya terminado de contárnosla.




En resumen, escuchar requiere un esfuerzo y una buena disposición por nuestra parte. La escucha activa comprende respeto, comprensión y empatía con el interlocutor. En la escucha no activa, se rebate los argumentos del otro como norma, se corta a quien está en posesión de la palabra para exponer nuestro argumento, intentamos imponer nuestro criterio, contraponemos nuestra historia frente a la del otro y el resultado final es que la conversación pierde su dimensión constructiva.